Feeds:
Posts
Comments

Hay victorias deseadas, victorias inesperadas, angustiosas o inclusive victorias que saben a derrota; pero todas ellas tienen algo en común, son victorias.

El rugby es como hacer el amor, todas las partes deben quedar satisfechas, gozadas de placer, pues de no ser así, es cuando el regusto amargo queda en el paladar de aquellos quince que desearon participar de la bacanal, del disfrute de la oval. Y en cuanto amargo me refiero, es en aquellos partidos en que, tras el silbato final, los jugadores salen del terreno cabizbajos, con el rabo entre las patas y las orejas agachadas; como perros moribundos que tras acechar un cubo de basura salen decepcionados por no encontrar comida; y siento ser tan tajante ante este tema, pero estas son las victorias falsas, las victorias que en vez de fortalecer al equipo lo menguan y pudren por su interior.

Pero este no va a ser el tema de hoy, no porqué no tenga ganas de hablar de ello, sino porqué hoy se trata de hablar de victoria, pero de esas que hacen cambiar el curso de las cosas; triunfos inesperados pero merecidos que agrandan los corazones de los que participan de ella, éxitos, premios y honores merecidos por aquellos que lo han dado todo por el todo.

Como bien he mencionado hay victorias de todo tipo, pero hoy tengo ganas de hablar de victorias merecidas o si más no, lidiadas:

A lo largo de la historia ha habido muchas, y de muchos tipos, pero de entre todas ellas, la más grande es la victoria luchada, arrancada del rival en las situaciones más desfavorables para conseguirla.

Si bien siempre es complicado conseguir un éxito en campo contrario, más difícil se vuelve la hazaña cuando la moral esta baja. Es en estos momentos dónde el equipo debe reaccionar, levantar la cabeza, arrimar los hombros y entrar en el campo como uno sólo individuo o, como me gusta creer, como quince amigos; pues en pocas palabras, los elegidos deben entrar creyendo que la victoria esta en sus manos. Y así es como, tras indicación del árbitro, empiezan los agarrones, pisotones, trifulcas… y todas ellas acompañadas siempre por catorce personas en las que debes confiar, en quienes debes creer; pues de ello depende la victoria, en encomendarse al equipo en todas las etapas del partido, y pensar que en cada ruck o mol en el que se entre, alguno de los tuyos ha luchado por hacerlo posible, lo a dado el todo porqué a confiado en que tu estarás con él, codo con codo, hombro con hombro.

rugby_by_thedisposablehero1

Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa” (Mahatma Gandhi; 1869-1948)

Las victorias, reflejan la actitud del equipo. No hay victorias individuales, cuando se gana, gana el equipo, gana la afición y ganan aquellos que por circunstancias han quedado rezagados en el banquillo, pues como he dicho, todos pisamos el terreno de juego, todos vivimos la emoción de la victoria, todos perseguimos el mismo fin.

Y de entre todos estos éxitos, no hay más gustoso que el conseguido tras luchar por cada metro de terreno, por cada punto, por cada contacto. Es extraño, pero en estos partidos tan reñidos, vividos como finales, es dónde el equipo sale dándolo todo, jugando más con el honor que con la destreza, jugando más con la pasión que con la técnica; pero hay veces que se debe jugar así, que se debe dar todo, pues es cuando se tiene la cabeza gacha, cuando se debe coger del saco, el honor, el orgullo, la pasión y las ganas de conseguir la victoria.

Las victorias fueron siempre para quien jamás dudó, no las consigue un único individuo, pues si bien uno puede ser quien las guíe, es el grupo quien las consigue. Y quiero recordar que todo éxito tiene un precio, sacrificarse por tu prójimo, por tu compañero, que como tú, a pisado el terreno de la oval para ganar

Es cierto, soy Full Back; lo veo casi todo; desde atrás; en la línea, desde dónde cuido a mis camaradas, pero estas sensaciones son otra historia, otra experiencia, otras vivencias, otros momentos…

Competir

No es el azar el que lleva a un hombre pisar un terreno de rugby. Es bien cierto que un futbolista, tenista o casi cualquier otro deportista podría ponerse las botas y saltar al campo para jugar, al fin y al cabo, no dejan de ser deportistas; pero no por ello son rugbistas. Para serlo uno debe padecer el síndrome, ese síndrome que a cualquiera de nosotros nos apabulla cuando no podemos jugar y estamos apartados de lo más preciado para nosotros, la oval, el equipo y las ganas de competir.

Competir, definido según el diccionario como rivalizar entre sí dos o más personas por un fin, no debe ser confundido con competitividad, que es la rivalidad entre semejantes para conseguir ese fin. Aunque parecidas, estas palabras, que en casi todos los deportes significan lo mismo, es en el rugby dónde su significado se matiza.

Este deporte, de caballeros para algunos, de bárbaros para otros, es distinguido por su diferencia entre estos dos términos, que aunque iguales, son diferenciables en la disciplina de la oval. Para un jugador de maillot de rayas, el competir es un todo. Nuestra necesidad de calzarnos y pisar el coliseo esta arraigado en lo más profundo de nosotros hasta el punto, en que ni magulladuras, ni dolores, ni moratones nos apartan de nuestro objetivo. Es sólo cuando las adversidades nos apartan de nuestro campo cuando nos acordamos de porqué jugamos a rugby; para ser nosotros mismos.

La competitividad, sin embargo, reaparece cuando el adversario se planta delante nuestro, quince para quince y un único objetivo, ganar. Pero este hecho no se produce cuando estamos en el equipo, no existe rivalidad alguna  para intentar ser el mejor de entre los quince o destacar por encima de cualquier semejante; el campo lo deben pisar los más concentrados, los mejor adaptados o los más ansiosos por jugar, pues de no ser así, el equipo se destina al fracaso.

image

Siempre me ha gustado creer que el terreno de juego es un sabio que antes de empezar a jugar sabe cuál va a ser el resultado. Quiero recordar las palabras que un entrenador me hizo ya hace mucho tiempo, y que en su memoria quiero escribir:

“Uno no empieza el partido segundos antes de comenzar, sino el mismo día en que uno pone el pie sobre el suelo” (Cintu Vilà).

Y es así como quiero pensar que el partido empieza. Pues como yo, muchos de nosotros nos levantamos con el cosquilleo de que horas más tardes vamos a tener que vestir el escudo de nuestro club, ponernos las botas y pisar el campo, con los demás catorce, los elegidos, los incautos que van a defender los colores por los que luchan… los quince, que de tu a tu, van arrimar los hombros. Y sólo aquellos que estén preparados deben pisar el campo oval, pues el equipo debe ser un equilibrio, un único ente con un único objetivo, hacer prevalecer su hegemonía en el terreno para conseguir un único fin, la victoria.

En realidad, no nos diferenciamos tanto de los bárbaros, sólo los más preparados, los más concentrados, los que iban a darlo todo por el compañero de al lado, son los que iban a la guerra; a competir.

Es cierto, soy Full Back; lo veo casi todo; desde atrás; en la línea, desde dónde cuido a mis camaradas, pero estas sensaciones son otra historia, otra experiencia, otras vivencias, otros momentos…

eu_eu_lg_rugby_166aSi bien en todos los deportes la derrota se manifiesta con un sabor amargo en lo más profundo de la garganta, en el rugby se acrecienta este mal sabor. No es por perder, no es por los 80 minutos que has sufrido para intentar obtener la victoria, sino porqué lo más probable es que no hayas hecho un gran partido y es por ello que hayas perdido.

Sin ir más lejos, el rugby se transforma en uno de los pocos juegos que hacer un buen o mal partido casi garantiza el resultado final. Si bien en los demás deportes colectivos, la victoria o la derrota a veces es la suerte quien participa como un jugador más, en el rugby suele salir vencedor el que mejor pisa el campo, el que mayor compañerismo demuestra, el que más convencido esta de que la victoria es posible, sean cuales sean las adversidades y el que mejor juega sus cartas cuando esta cerca de plantar la oval tras la línea de marca.

Una ventaja de jugar un amistoso en rugby es que el término amistoso fuga de su significado. El rugby como deporte proviene de esta veracidad, pues lo que ocurre en el campo, ocurre de verdad y se queda en el campo. No hay lugar para simulaciones; no se puede jugar al escondite ni al tocata; si estas en el campo estas y debes estar en el campo. Así pues, en cuanto las botas que decidiste ponerte pisan el terreno, eres susceptible de ser apaleado, derribado, hundido, pisoteado, demolido e incluso, algunas veces humillado. La única suerte es que tú puedes hacer lo mismo con los quince de enfrente, es así, un igual por igual, un mano a mano con las mismas posibilidades de hacer mella. Es por eso que cuando uno pisa el campo, y perdón por hacerme redundante, debe estar en el campo.

Las derrotas no las produce un único jugador, ni el azar; que por capricho del destino decide jugarnos una mala pasada; las derrotas las sufre el equipo y únicamente el equipo. Pisar el campo de rugby significa mirar de tu a tu al compañero que tienes al lado. Pisar el campo de rugby significa darlo todo por el nada, pues la oval no va a cumplir las ordenes que tu le pidas, no va a decidir ir donde tu quieres. Su forma, su aspecto, aunque maravilloso, guarda el peor de los infortunios y es que nunca va a botar en un mismo lugar. Es por eso que al pisar el campo de batalla, el campo Eliseo, no lo debes pisar como un único individuo, sino como un colectivo que debe combatir con todo. De ello depende la victoria, de que al unísono los 15 jugadores reflejen en su mirada el afán de ganar, pues al pisar el terreno todo y todos van estar en contra.

“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa” (Mahatma Gandhi, 1869-1948).

Las victorias, son dulces cuando ganas y aun más cuando ante una derrota remontas un partido para salir azaroso del encuentro. Sin embargo, la derrota, amarga como la decepción que te puede propiciar tu mejor amigo, penetra hasta lo más profundo de uno mismo haciendo perder las ganas de hacer lo que más nos gusta, jugar al rugby.

Pero no todas las derrotas son iguales. Si bien cuando pierdes por haber jugado el peor partido de tu vida, no eres digno de mirar a la cara al público que te ha dado soporte y que se ha dejado hasta el último atisbo de voz en animarte, hay derrotas que saben a victorias, pues sea cuál sea el motivo, sales del campo con la cabeza alta por haberlo dado todo, no tu sólo, sino todos tus camaradas. Pues el rugby, no es sólo un deporte en dónde la victoria lo es todo, sino un deporte dónde el orgullo si lo es. No importa ganar o perder, siempre y cuando hayas estado en el campo.

Es cierto, soy Full Back; lo veo casi todo; desde atrás; en la línea, desde dónde cuido a mis camaradas, pero estas sensaciones son otra historia, otra experiencia, otras vivencias, otros momentos…

Jugar al rugby es como andar con bicicleta, cuando empiezas a darle te acuerdas de todo.

Ya hace cuatro años que abandoné la práctica deportiva hasta el día en que, tras uno de esos momentos lúcidos que de vez en cuando se nos pasa por la cabeza, decidí volver al rugby; deporte barbárico para unos, deporte desconocido para algunos y pasión para nosotros, me enrolé con el Club de Rugby Sant Cugat a inicios de temporada y he conocido en él a un grupo excepcional de personas, las cuáles se ayudan unas a otras para un bien común, jugar al rugby, pues al fin y al cabo, estos bárbaros hacen del rugby una forma de vida.

Siempre se dijo que el fútbol es un deporte de caballeros practicado por villanos, y el rugby un deporte de villanos jugado por caballeros. Y si bien es cierto, también lo es que en el terreno no hay cabida para amigos. Son tan sólo ochenta minutos, pero en este corto espacio de tiempo los treinta jugadores de campo sólo mantienen un único objetivo, pisar antes que te pisen y marcar antes que te marquen, con la finalidad de ganar, pero ante todo de jugar y jugar bien. Quiero hacer recuerdo de la arenga que el jugador galés Phil Bennett hizo a sus compañeros en 1977 antes de un partido contra Inglaterra:

“‘Mirad lo que estos bastardos le han hecho a Gales. Se han llevado nuestro carbón, nuestra agua, nuestro acero. Compran nuestras casas y sólo las usan una quincena al año. ¿Y qué nos han dado ellos? Absolutamente nada. Hemos sido explotados, violados, sometidos y castigados por los ingleses… Caballeros, contra esos tipos jugamos esta tarde”.

dibujo1

En el rugby hay individuos de locuacidad expansiva, ingeniosos, emotivos, comunicadores. Elementos capaces de la charla política y del arte de la guerra en palabras. También los hay que se comportan de un modo siempre críptico, silencioso, con una cautela formal que anticipa el atroz engaño del hombre tranquilo: a menudo los callados son los más peligrosos en el campo. No exponen al aire de las palabras ni sus razonamientos ni sus dudas; no someten a consideración ni a aviso alguno sus acciones. Hacen lo que deciden en callada reunión consigo mismos. Sin advertencia ni amenaza previa. Y finalmente los hay de nerviosos, activos e impacientes, que si bien siempre se les ve venir, influyen coraje, a pesar de que terminan siendo carne de cañón. Su inevitable naturaleza les lleva a enfrentarse ante el contrario, sea cuál sea su tamaño o aspecto, y si bien son los que mayores problemas traen campo también son los que viven con mayor intensidad cada golpe recibido.

Bajo la apariencia de bárbaros y sanguinarios del dolor, en todos los vestuarios de todas las categorías, edades y países están repletos de filósofos, eruditos ocultos y pensadores surrealistas; genios entre balones ovalados. Tipos de razonamiento singular y pensamientos lógicos, de creencias simples que cruzan la realidad discernidamente. El rugby esta lleno de personajes. No hay lugar, sin duda alguna, que me haya reído más que en un vestuario de rugby, en una cena con ellos o en la ida y vuelta a un partido. Tampoco hay un lugar donde me haya emocionado más. Recuerdo la primera vez que jugué un partido, cuando tras quince minutos del inicio entre en la línea del wing, en sustitución a un compañero; pero si fue grande jugar, más grande fue sentir la sensación de marcar mi primer try, en dónde el arrope de mi equipo fue el que nunca antes sentí en otro deporte. Si mas estas sensaciones han perdurado a lo largo de mi vida siempre que echado la mirada atrás, nada de esto es comparable a la sensación que sentí al finalizar aquel encuentro, pues cuál fue mi sorpresa al ver que al finalizar el match aplaudimos al equipo derrotado, no por su derrota si no por haberse presentado y hacer realidad nuestras ilusiones, jugar a rugby.

Si bien los terceros tiempo son conocidos en todo el mundo del deporte. No es esta la grandeza del rugby, es cierto que es una de las cosas más lindas que tiene, pero no la mejor, pues cuando cierro los ojos me viene en mente el grito desde lo más profundo de tu corazón, mientras entrecruzas la mirada con los tuyos, te metes en el campo de juego, te mueves, miras al referee y analizas a tu rival de los próximos ochenta minutos, te acomodas en tu posición y escuchas el silbatazo inicial.

Es cierto, soy Full Back; lo veo todo; desde atrás; en la línea, desde dónde cuido a mis camaradas, pero estas sensaciones son otra historia, otra experiencia, otras vivencias, otros momentos…